La docencia siempre ha sido uno de mis sueños. Al principio, pensaba que podía a llegar a ser astronauta, pero luego irónicamente, bajé de las nubes y posé los pies en el suelo. Hoy en día, doy clase de ciencias a niños de primaria en una escuela pública. Aquí, la variedad es lo más llamativo: desde niños que vienen de familias desestructuradas hasta niños que necesitan una educación especial. Toda esta variedad está unida por un mismo factor: el aprendizaje.

Aquí, tenemos que enseñarles cómo ser los adultos del mañana. Una buena base de matemáticas, ciertos conocimientos de biología y un poco de buena redacción, y sobre todo, un buen nivel de inglés.  El procedimiento es siempre el mismo: explicar la materia, si hay alguna duda intentar resolverla y finalmente un examen escrito donde se vea cuánto saben sobre el contenido. Una vez realizado el examen, dar una determinada puntuación a las respuestas, informar a los padres de estos resultados y, si eso, felicitar a algún que otro alumno. El objetivo de este último, es intentar motivar al resto a sacar las máximas calificaciones que puedan y así, ser los “mejores”. La motivación y la competitividad es lo mejor: les ayuda a aspirar a más.

O eso me han dicho.

 

LUNES, 11 de septiembre

Este año soy tutor de un curso prometedor. La mayoría de los estudiantes son de hincar codos y sacar de ochos para arriba. También están los que llamamos “casos perdidos”. Son todos aquellos que ni se molestan en abrir el libro y el método no va con ellos, así que todos los profesores han desistido, al igual que yo. Este año se incorpora un nuevo alumno, pero me han dicho que no es una de las mejores adquisiciones, pues su media no supera el cinco.

Cuando el director abrió la puerta, me di cuenta de que iba acompañado de un niño muy bajito y esbelto. Era de tez muy clara y su pelo largo y moreno estaba atado en una coleta atrás. Llevaba unos vaqueros rotos y una camiseta blanca tan sucia como sus deportivas. El típico atuendo de los casos perdidos. ¿Su nombre? Justamente el nombre del lugar donde vivo: Teo

Después de presentarlo a la clase, tomó asiento en la esquina del aula. Empezamos el día preguntando: ¿a qué aspiráis en este curso? Repasé la clase y escogí a Clara para que respondiera. “me gustaría aprender mucho y sacar buenas notas”. Esa respuesta fue tan satisfactoria que decidí preguntarle a Xoán. Xoán se puso recto y dijo:“Me gustaría aprobar para que mis padres me dejen salir con mis amigos”. Entonces fue ahí donde respondí con un toque de humor “tampoco me esperaba más de ti”. Toda la clase se echó a reír menos él y el niño nuevo. Este último bajó la cabeza y se puso a pintarrajear en una libreta.

Veinticinco de veintisiete se tomaron la frase con humor, así que decidí ignorar ese detalle.

 

***Cuando era pequeño me encantaba jugar fuera con una caja de cartón grande. Me metía dentro y simulaba que esta era una nave espacial y yo el piloto que tenía que buscar un planeta donde vivir. El juego duraba cinco o seis minutos, ya que mi madre me reñía y me decía que me pusiera a estudiar***

 

JUEVES, 27 de Octubre

Hoy, explicamos en la clase de sexto de primaria un poco de astronomía. La Luna, para ser más exactos. Intenté explicarlo de la forma más sencilla posible para que los alumnos lo entendieran. Surgieron un montón de dudas, algunas mejores que otras, pero como profesor, tuve que afrontarlas con los conocimientos que tenía “¿es verdad que la Luna está hecha de queso?” “¿Cuánto tiempo puede durar un eclipse?” “¿Alguna vez viste uno, profe?”

Respondí una a una con mucha paciencia. Cuando no había más manos levantadas, pregunte, “¿alguna más?”, pero justo sonó el timbre y todos los niños se fueron al recreo ¿Por qué tendrán tantas ganas de salir?. Cuando creía que la clase estaba vacía, un brazo pálido y esquelético se alzó. Era Teo. El niño preguntó“¿La Luna está hecha de estrellas?” a lo que le respondí “¿Tú que crees?”

Teo se levantó del asiento seguro de sí mismo. Su respuesta, fue como me la esperaba. Estúpida.

“Creo que sí. Tú mismo dijiste que la Luna estaba hecha de polvo. Puede ser polvo de estrellas, y, como las estrellas brillan, su polvo también. Tal vez unos astronautas que no pudieron volver del espacio están allí. Como no tienen nada que hacer se dedican a barrer la luna y dependiendo de cómo la barran, la luna esta llena, menguante o cuarto creciente. El polvo que cae después de barrer se cae en la Tierra, más concretamente en el mar, y por eso la Luna influye en las mareas”

Me ceñí a responder “déjate de inventar y estudia, que es lo que tienes que hacer”

Se fue con su cuaderno en la mano y la cabeza gacha. No le vi la expresión porque llevaba el pelo suelto.

***Me dedicaba a preguntarme cosas cada tres segundos. ¿Por qué no nos mareamos si la Tierra gira constantemente? Mi teoría era que estábamos sujetos al suelo por una cuerda invisible. Convencido de que no me equivocaba, se la conté a mi hermano. Se rió y dijo “que tonto eres”. Me fui llorando a mi habitación y me tiré en la cama. Esa noche me sentí estúpido***

 

MARTES, 12 de Diciembre

Hoy en la reunión de evaluación, el profesor de religión se quejó de Teo. Al parecer el crío dijo que era estúpido que los curas no pudieran ser mujeres, por lo que la religión cristiana era estúpida, que su asignatura era estúpida y que él también era estúpido por enseñarla. Como buen profesor, le castigó una semana sin recreo, pero no le pareció suficiente. También la profesora de tecnología. Toda indignada, dijo que Teo en vez de atender a sus explicaciones, se dedicaba a manosear el ordenador y sus cables y que al final acabó rompiendo uno.

Como tutor, mi deber era hablar con él. Por lo que le pedí por favor que se reuniera conmigo en el despacho, junto a los profesores para pedirles una disculpa.

Cuando llegó, tomó asiento. Le pedí una explicación de lo sucedido.

“En la clase de religión sólo dije lo que pensaba. Creo que no es justo que las chicas no puedan ser curas, que me parecía algo estúpido. El profesor me dijo que me callara y leyera lo que ponía el libro y dejara de decir cosas sin sentido. Una cosa llevó a la otra y acabé castigado. Y en tecnología, la profe estaba explicando cómo funcionaba un ordenador. Como me gustaba el tema, me lo había leído en casa y quería ver si era verdad lo que decía, así que abrí un ordenador roto con la tapa de un boli bic e intenté arreglarlo. Pero al final no pude porque le faltaba una pieza.”

Entonces le dije “Teo, los profesores se merecen una disculpa”

El pequeño cambió de expresión totalmente. Nunca había visto una mirada tan desafiante “No voy a disculparme”

Intenté disimular la tensión que se respiraba en el ambiente, explicándole al niño cómo funcionaban las cosas: “Teo, esto funciona así. Explicamos, resolvemos dudas, tú estudias, haces un examen y sacas unas notas. Esas notas te harán media y cuando seas más mayor esas notas te ayudarán a acceder a una universidad. Esa Universidad te dará un trabajo y tendrás que demostrarles a los más jóvenes lo efectivo que es este método”

Y fue ahí donde escuché lo último que esperaba escuchar “Menuda estupidez”

Ambos profesores saltaron llenos de cólera: “estúpido crío, ¿no te han enseñado qué es la educación? Aquí estás para aprender a defender un examen, así que déjate de jueguecitos de niños de cinco años y ponte a estudiar, que es tu única responsabilidad. ¿Por qué no intentas ser como Pablo? Mira que niño más aplicado. Siempre arreglado y estudiando. Ese sí que va a tener un futuro prometedor, sin embargo tú… te estás descarrilando”

Después de esa última palabra no se escuchó nada más. Silencio. Un silencio ensordecedor, pero fue interrumpido.

Teo se levantó del asiento, abrió la puerta y con una voz que rebosaba decepción dijo lo impensable

“Lo siento”

Y se cerró la puerta

Algo en mí no quería escuchar esa respuesta.

 

***Papá, he decidido ser astronauta. La familia entera se congeló y sus miradas me atravesaron.”¿Tú? ¿astronauta? A lo que vas a llegar con suerte es a chatarrero, como sigas con esas notas… deja de decir sandeces y acábate la cena”. Mudo, tragué los guisantes lo más rápido que pude para evitar que las lágrimas se derramaban en la mesa. Cuando iba a abandonar el comedor escuché “El niño se nos está descarrilando” corrí escaleras arriba tan rápido como las piernas me permitieron***

 

MIÉRCOLES, 8 de Febrero

Hoy los alumnos hicieron un examen de Biología. Ya vi por la expresión de sus caras quién había estudiado, quién no, quién llevó la materia al día etcétera. Estaba en el despacho, corrigiendo los exámenes. Helena un 7; Carla un 6.5; María un 10; Xoán un 2.5; y llegó el examen de Teo. Un examen con muy mala presentación. Doblado por todas partes y roto en el centro. Me sorprendió que no estuviera en blanco. Pero me sorprendió más lo que estaba escrito

Era una pregunta teórica: ¿Qué nos diferencia a los humanos de los animales?. Su respuesta fue la siguiente:

“Los seres humanos tienen capacidades que los animales o tienen, como la imaginación.”

Se acabó; un cero redondo. Inexcusable. Una tomadura de pelo. No había ni abierto el libro. Ni intentó responder nada de lo que tenía que responder. Una vergüenza.

Le llamé y le dije que viniera a mi despacho a darme una explicación de eso. ¿Por qué siempre lleva esa libreta?

“Teo, ¿abriste el libro de biología?” “No.”

“Teo, ¿atendiste a lo que decía en clase?” “No.”

“Entonces, ¿qué has hecho en este examen?” “Demostrar que el ser humano tiene imaginación y los animales no”

“No has demostrado nada… ¿no has mirado en el tema cuatro cómo desarrollan las teorías? ¿Dónde está tu teoría?” ”Está ahí, pero no la ves profe.”

Cogí el examen de Pablo “mira, esto es un buen examen. Todo limpio y con buena caligrafía. Tal y como está en el libro y como dije en clase” “¿para qué quieres este examen exactamente igual que el libro si ya tienes un libro donde leer? Una pregunta profe, ¿Cuánto ha aprendido Pablo de las diferencias que hay entre el ser humano y los animales? Lo que pone exactamente el libro… ¿lo ha pensado él? ¿y si el hubiera pensado en las diferencias y se le hubiera ocurrido una nueva? No pudo hacerlo, porque lo que dice este examen en realidad es redacta exactamente tal y como te dice un montón de papeles. Sí atendí en su clase. Una de las diferencias es que el ser humano puede pensar con racionalidad. Pablo no ha pensado con racionalidad, si no que ha reproducido como un ordenador la información. Entonces, ¿no es un ser humano?”

Ya me cansé. “Teo, con perdón deja de hacerte el listillo y ponte a estudiar. Me cansé de tus juegos y de tus tonterías. Mírate… ¿a qué vas a llegar en la vida así? Serás un chatarrero como mucho. Si estudiaras en ese tiempo en el que te dedicas a pintarrajear en esa estúpida libreta… hasta que no saques buenas notas, queda confiscada. Vamos a eliminar cualquier distracción para que estudies y seas como los demás” Le arranqué la libreta de las manos y le mandé a clase. Se fue llorando. Hice lo correcto. Es por su bien. Por su futuro.

¿Hice lo correcto?…

***Un día estaba en el jardín jugando con mi caja. Al día siguiente tenía un examen de matemáticas, pero ya había estudiado. Mi padre me vió por la ventana y salió al patio “¿Qué estás haciendo? ¿porqué no estás estudiando? Pasa para dentro ahora mismo…” salí de la caja y le dije que ya había estudiado todo lo que tenía que estudiar. “no es suficiente. Después vienes con un seis a casa y tenemos que decirte que estudies. ¿porqué no puedes ser como tu hermano? Está estudiando mucho para ser en un futuro un importante ingeniero… Así que ni una sola palabra más y sube a tu habitación a estudiar”                                                                                             

 

Subí a mi habitación. Cuando llegué, vi por la ventana a mi padre rompiendo la caja de cartón. Empecé a chillar a pleno pulmón. Esa era mi caja. Se me quitaron las ganas de estudiar.                                                             

Después recordé que a mi hermano también le encantaba tocar la guitarra, y como mi madre lo consideró una distracción se la regaló a un vecino de mi abuela. Desde aquella mi hermano se pasó todas las tardes de su vida estudiando e incluso se olvidó que convivía con gente. Se obsesionó con sacar todo matrículas, y mi madre decía “es un niño muy aplicado, siempre estudiando… Que orgullosa estoy de el”                                                                                                                                                                  

Tal vez era eso lo que tenía que hacer. Dejar a un lado mis sueños. Mis distracciones y ponerme a estudiar, como tenía que ser… decidí que eso era lo correcto

¿Era eso lo correcto?…***

 

Ha pasado mucho tiempo desde que Teo pasó el curso de  sexto de primaria. La verdad es que desde que tomé esa decisión, las cosas han cambiado. Se cortó aquella coleta que tenía, dejó de hacer preguntas estúpidas en clase y empezó a subir las notas. En el fondo yo sabía que era un buen estudiante. Se metió por la rama de letras para estudiar economía. Qué orgullosos tiene que estar sus padres.

Hoy se gradúa. Quise asistir a la graduación, porque realmente fui yo quien hizo que ese niño que se estaba descarrilando volviera al camino correcto. Quería devolverle aquel cuaderno viejo que tuve que confiscarle.

Abrí el cajón de mi despacho y ahí estaba. Era un cuaderno negro con manchas de tipest blancas. Nunca lo había abierto… ¿Qué había ahí? Abrí el cuaderno. El tiempo se detuvo en seco.

Increíbles ilustraciones. Esa precisión, esas tonalidades de grises, ese surrealismo propio de un niño prodigio… me dejó sin palabras. Empecé a pasar las páginas. Los primeros eran increíbles, pero a medida que avanzaba, la originalidad se iba degradando. Empece a pasar más rápido y la curiosidad me corroía por dentro. Los dibujos ahora eran mucho más banales. Más simples. Mas geométricos.

En la última página, había una carta.

 

Querido Teo, he decidido dejarte.

Ya no me haces caso, no me escuchas. Al principio pensé que iba a ser sólo un tiempo, pero se ve que esto va a perdurar para siempre. Ya no eres el Teo que conocí aquel día que cogió un papel, un lápiz y empezó a garabatear. Has cambiado. Ahora eres como el resto. Igual. Eres una máquina para memorizar, escupir y sacar buenas notas. Ahora asimilaste que eres una cifra entre millones. Ahora, piensas que si no destacas, serás un fracasado. Ahora ya no te haces preguntas, ya que te conformas con las respuestas que te dan un par de folios. Ya no sientes curiosidad por las cosas… ¿Qué te han hecho amigo? ¿por qué piensas que eres un inútil si no eres igual que los demás? Qué más da que seas un nueve o un siete o un dos con cinco, eres Teo. Pero, a pesar de que esto te lo repita, no me haces caso. Ya no persigues tu sueño de ser artista, lo ves como algo imposible. Fuera de la realidad.

He llegado a un punto donde he asimilado que esta relación es tóxica, así que lo siento.

Espero que nunca olvides que estuve ahí.

Hasta siempre,   tu imaginación.

 

Debajo de la libreta encontré aquel examen.

“la respuesta está ahí profe, pero no la ves.”

La respuesta, era el examen. Empecé a doblar sobre aquellas líneas que parecían arrugas. Poco a poco, retrocediendo si me equivocaba,  entendí lo que Teo me quería enseñar. Nunca fue un examen mal presentado. Era papiroflexia. Un folio doblado, en miles de partes, con millones de rayas, formando una sola figura: la figura de un niño.

 

 

Esa era la diferencia entre el ser humano y el animal. La imaginación.

 

 

 

***Papá, yo siempre quise ser astronauta***

 

Este relato ha sido escrito por una joven de 16 años a la que le agradecemos enormemente que nos haya permitido compartirlo con todos vosotros.